Cada vez estoy más convenciudo de que el horizonte de la legalización está muy próximo. No solo por los movimientos en ese sentido en América Latina, sino, y sobre todo, por el cambio político en EEUU.

A respecto, me permito copiar íntegro un magnífico artículo, publicado ayer en Las Provincias, en el que el catedrático de Derecho de la UA, José Asensi Sabater, desgrana los motivos por los que cree que el mandatario americano no tendrá más remedio que enfrentarse a la cuestión de las drogas desde una óptica despenalizadora:

Entre las medidas que está tomando Barak Obama para voltear las políticas ultraconservadoras de las administraciones republicanas precedentes no figura ninguna referida a las drogas, o, más claramente, a la cuestión de la legalización de alguna de ellas, como la marihuana.

En un foro abierto en la Casa Blanca para que el presidente atendiera a preguntas “no políticamente correctas” de la ciudadanía, un número significativo de éstas se relacionaban con la legalización de la marihuana. A la gente le interesaba saber si el presidente se proponía hacer algo al respecto: Obama se limitó a dar un escueto “no” por respuesta.

Sin embargo, algo está cambiando en la mentalidad de los norteamericanos. En Nueva York, por ejemplo, ha estado vigente durante años la “Ley Rockefeller”, una ley draconiana, dictada en la década de los ochenta, que declaraba literalmente la “guerra contra las drogas” y que establecía penas de más de quince años de prisión (lo mismo que para un asesinato en segundo grado) a quienes se encontrara en posesión de más de ¡113 gramos de marihuana! Leyes similares existían en otros Estados de la Unión.

Ahora bien, la Ley Rockefeller ha sido tan inútil y los efectos de su aplicación tan catastróficos, que ha tenido que ser rectificada. En este mismo año, 2009, se ha aprobado una reforma que obligará a los jueces a suavizar sustancialmente las condenas, cuya finalidad principal será la rehabilitación del infractor. Este es el camino que siguen otros Estados, como California, Massachussets, etcétera.

Se da, por otro lado, una circunstancia inesperada: la crisis que padece la sociedad norteamericana, debido al crack financiero y económico, ha animado a ciertos grupos pro-legalización de la marihuana a una activa campaña para delatar lo que entienden que es un monumento a la hipocresía. Los datos adquieren en este momento una especial significación, a saber:

– Estados Unidos es el país con más “criminales” del mundo. Como destaca la revista “Parade”, y se sabe por las estadísticas, la población norteamericana, que es el cinco por ciento de la población mundial, tiene el 25% de la población reclusa total del planeta. Aproximadamente, la mitad los arrestos que se practican en ese país están relacionados con el tráfico y consumo de marihuana. Son cifras nada desdeñables (por no hablar de la proporción de población reclusa de raza negra y de gente arrojada a la marginalidad).

– Se calcula en cientos de miles de millones de dólares lo que el Estado se gasta en gestionar las prisiones, la policía y los tribunales de Justicia, como consecuencia de la represión del narcotráfico. En algunos Estados, como California, más del diez por ciento de los impuestos van a parar a la represión de estos delitos. Hay gente que se pregunta si no sería más sensato que estos recursos se destinaran a infraestructuras, educación, servicios públicos, sanidad, investigación, o a la formación para la vida y la rehabilitación de las personas que lo necesiten.

– La penalización del tráfico y del consumo de drogas no tiene su basamento en la Constitución de los Estados Unidos (como sí la tuvo, durante algún tiempo, la del alcohol). De hecho la actual legislación antidroga se fundamenta en un impreciso concepto de “comercio ilícito” y en el papel de procura de la salud pública que el Estado se ha autoimpuesto. Pero como destacan los grupos a que he aludido, los estragos en la salud pública que causan el alcohol o la comida-basura, por destacar sólo dos apartados, son infinitamente superiores a los de la marihuana.

– Por otro lado, la crisis ha puesto de relieve el papel que han tenido las cifras fabulosas que se filtran desde el mercado negro del narcotráfico a la economía “blanca” en la formación de las más diversas burbujas especulativas, de las cuales se benefician después personas que pasan por llevar una conducta moralmente intachable.

Es evidente que Barak Obama sopesa los flancos que se abrirían a su alrededor -pues los sectores antilegalización son compactos y poderosos, y están arropados por una corriente de opinión contraria a la legalización- si optara por una política tolerante ante el consumo de marihuana. Aun no tratándose de un tema integrado en el programa de Obama, me parece a mí que la cuestión la tiene abierta.

José Asensi Sabater es catedrático de Derecho Constitucional de la UA.

Esta entrada se colgó el miércoles, abril 29th, 2009 at 11:55 y está archivada en Internacional, Periodismo. Suscríbete a los comentarios RSS 2.0 feed. Comentarios y pings están cerrados.